El superlector

A veces bromeo con mis amigos editores -todos, salvo un par de desgraciadas y mugrientas excepciones, magníficos profesionales y excelentes personas- diciéndoles que los de su ramo tienen superpoderes. Y siempre les pongo el mismo ejemplo: un escritor puede pasar semanas, meses e incluso años trabajando en una novela, o en un libro de poesía, o en cualquier otra labor, puede haber pasado interminables horas leyendo, estudiando, cotejando, corrigiendo, investigando (hablamos de un escritor, no de un aficionado al garabato), y puede haberse dejado las pestañas en largas noches en vela y en días turbios, procurando que su trabajo tenga sustancia y consistencia. Al final, cuando cree -dubitativo- que la obra ya puede mostrarse, se la entrega a un editor. Y éste, en menos de media hora, hojeando el trabajo por encima, y mientras consulta su iPhone o su Blackberry, es capaz de declarar la novela buena, mala o regular, e indicar dónde están los errores, y cómo mejorar el libro, y... ¿No es ésta la prueba evidente de los superpoderes del editor?

Naturalmente, es una broma que se puede aplicar tambíén a los traductores, a los correctores, a los periodistas, a los maquinistas de tren, a los pasteleros y, en general, a cualquier lector. El lector goza de esos mismos superpoderes: acaba un libro y no tarda ni medio minuto en comentar si está bien, mal o regular, si es aburrido, si tiene partes interesantes, y si "acaba" bien o mal.

Una clase especial de superlectores, muy novedosa, es la que ha florecido en la llamada "blogosfera". Un superbloguero superlector puede escribir una reseña de Jane Austen, Charles Dickens, e incluso Shakespeare o Miguel de Cervantes, en menos que canta un gallo, y comunicar a sus miles de lectores... "lo que le ha parecido" y si le ha "gustado". (Esto del gustar, o del comparar la literatura con las lentejas o las alcachofas, está muy extendido). Igual pone a caer de un burro a Murakami que glosa las glorias de Paul Auster, igual airea elogios de Tolstoi que maldice a Pérez Galdós; y todo, así, en un plis plas, sin despeinarse: ¡no hay un superlector más superlector que un superbloguero! ¡No sólo podrían salvar la literatura, sino el mundo, y el universo entero, si se terciara y se les prestara la atención que por sus méritos y su inteligencia merecen!

Todos somos superlectores o, para decirlo con la palabra adecuada, todos somos lo suficientemente vanidosos e ignorantes como para calificar, sin pensarlo y sin esforzarnos en un juicio justo, una novela, un cuento o una poesía. Tenemos el verbo ligero y la vanidad por las nubes, por eso podemos hablar con tanta soltura de lo que con frecuencia desconocemos, y enjuiciar a los escritores de todas las épocas con la frivolidad del ignorante. Pero lo peor de los superlectores no es que emitamos juicios (la mayoría de las veces insensatos e infundados); lo peor es que creemos que tenemos derecho a opinar y que debería ser obligatorio que se nos escuchara y se nos aplaudiera.

Para eso somos superlectores, ¿no?

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