La tumultuosa historia de la Biblioteca Clásica

En una revista literaria aparecía recientemente un artículo del ex director de la Real Academia Española, Víctor García de la Concha, promoviendo y elogiando una iniciativa que necesariamente emociona a todos los amantes de la literatura española: la publicación de los primeros volúmenes de la Biblioteca Clásica de la Real Academia Española (BCRAE). (En realidad, el anuncio de la publicación de esta Biblioteca Clásica tuvo lugar hace unos meses, cuando se firmaron los preceptivos acuerdos editoriales y los patrocinios).

La Biblioteca Clásica, cuya idea y proyecto original se debe al profesor y académico Francisco Rico, ha sufrido graves avatares editoriales. La colección, que consta de 111 volúmenes, comenzó a publicarse en la editorial Crítica (entonces propiedad de Grijalbo-Mondadori). El primer volumen, El Cantar de Mio Cid, se publicó en 1993, hace ya por tanto casi veinte años. Poco a poco vio la luz casi la mitad de la colección. Las ediciones eran de una calidad extraordinaria y, para quienes por aquel entonces comenzábamos una trayectoria profesional, la colección era todo un tesoro. Cadalso, Larra, Garcilaso o Galdós eran los protagonistas de algunos de los volúmenes más preciados. Además, fue toda una revelación el volumen 58, de Fernández de Andrada. Por supuesto, el Quijote (50), con su volumen crítico complementario, se hizo imprescindible. Este trabajo ya se publicó con la colaboración del Instituto Cervantes. La colección cumplía con todas las expectativas: era y es un instrumento imprescindible y de obligada lectura para cualquier filólogo -para cualquiera que se dedique a los libros, en realidad-, y resultaba difícil imaginar que ningún estudiante de Humanidades pudiera sobrevivir sin ella. Pero un día, de repente, Crítica dejó de publicar la Biblioteca Clásica.

No sé exactamente cuál fue la razón por la que la editorial suspendió la publicación de la colección. Cuando los suscriptores pedimos explicaciones, las razones que se nos daban no favorecían ni al director de la colección ni a la propia editorial. Uno llegaba a preguntarse cómo era posible que productos tan excelentes tuvieran principios tan sórdidos.

Al parecer, el profesor Rico nunca abandonó su idea, y por fin ha conseguido que Galaxia Gutemberg se haga cargo de la Biblioteca Clásica, que ahora aparecerá con el patrocinio de un banco y con el membrete de la RAE. Los textos son los mismos que los de la vieja colección -con alguna puesta al día, según se asegura-, y la estructura interna de los trabajos es exactamente la misma: incluso los números de los volúmenes se han conservado. De momento se pondrán a la venta cuatro volúmenes antiguos (Mío Cid, El Buscón, los Milagros de Berceo y Díaz del Castillo) y un texto nuevo con la Gramática de Nebrija.

Ojalá la Biblioteca Clásica tenga esta vez un periplo tranquilo y apacible: los amantes de la literatura española y de los estudios filológicos lo agradecerán.

 

 

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